Estamos en una sociedad que tiende, de alguna manera u otra, a esconder lo que cada uno siente. Basta con reflexionar sobre el clásico saludo: “Hola, ¿cómo estás?”, para contabilizar cuántas veces se pudo hablar realmente de cómo se estaba. A veces aparece la respuesta “bien ¿y tú?” como un automatismo, otras veces quienes osan decir que se sienten mal o apenados, pueden encontrarse con una mirada incómoda del otro o una respuesta como “todo va a estar mejor”, en el intento de poder aplacar el sentir del otro.
Si bien esta última frase puede ser desde una intención benevolente, se esconde en ella cierto deseo por no querer profundizar o permitir el malestar ajeno. Y esto es algo muy común, no sólo la dificultad de poder expresar el cómo nos sentimos, sino el cómo recibimos al otro con sus sensaciones.
Desde hace un tiempo han comenzado a retomarse los conceptos de “emociones negativas y positivas”, me imagino que con el fin de ordenar la gran cantidad de emociones que podemos sentir. Sin embargo, es un gran daño el que se hace al categorizarlas de esa manera: las emociones pueden sentirse de manera desagradable o placentera, pero todas cumplen un rol.
Las emociones nos aportan información de cómo estamos y de cómo nos sentimos, de cómo se percibe el ambiente y de cómo podemos proceder. Es como cuando vemos a alguien que puede estar enfermo y se le mide la temperatura corporal y a partir de esto se decide cómo se encuentra y qué se puede hacer. Bueno, con las emociones es similar, el poder saber qué sientes, te permite saber qué está pasando y qué puedes hacer. Por otro lado, el darle una connotación a lo que podrías estar sintiendo, obstaculiza la posibilidad de indagar, tiende a censurar a una persona y estigmatiza lo que siente, más que explorarlo y profundizarlo.
Otra tendencia en nuestra sociedad que me inquieta, es la tendencia a pensar que aquel que es fuerte, no siente, como si las emociones fueran parte de alguien débil, cuando el reconocerlas muchas veces es lo que empodera. En algunas ocasiones cuando hay un duelo o momento difícil para la persona, se ve como una fortaleza el que esa persona “estaba entera” o “ni lloró”, cuando ciertamente lo más sano es poder expresarse. No digo con esto que todos debieran llorar cuando viven una situación dolorosa, sino que puedan sentirse libre de expresar lo que sienten, cualquiera sea la emoción que estén viviendo.
El poder estar atentos a lo que nos pasa y el dejar aflorar las emociones que se sienten (de manera regulada) es indicio de salud mental y de autocuidado: tarde o temprano va a llegar aquello que hemos tratado de esconder y el permanecer conscientes es una herramienta de gran valor. Ahora, es necesario considerar que el poder expresar las emociones también tiene distintas formas, y esto es un desafío.
Ya dentro de quienes se consideran “directos” o “sinceros” con sus emociones existen algunos que están orgullosos por decir “todo lo que sienten o piensan a otro”(sin pensar en cómo se puede sentir la otra persona) o bien por “defenderse” gritando garabatos a otro automovilista (por dar un ejemplo). Y este es otro aspecto a considerar respecto de las emociones: es una gran ayuda poder estar consciente de que estoy sintiendo pero también de cómo encaminar aquello que me pasa. Parte de ser adultos y tener más herramientas que un niño, tiene que ver con nuestra capacidad de modulación y regulación de nuestras emociones. Y si eso es algo que cuesta, pero que se puede aprender.
Cuando realizo terapia, me gusta mucho utilizar material para amplificar qué sienten los pacientes, para ir más allá de las emociones que más comúnmente conocemos como puede ser la alegría, miedo, pena o rabia. ¿Podrían haber habido otras emociones como sorpresa, molestia, desilusión o rencor? A veces se sienten varias emociones al mismo tiempo, de manera que el revisar qué otras emociones se pueden estar experimentando permite amplificar el espectro de lo que está pasando y manejar más información sobre lo que se puede estar sintiendo.
Como podemos ver, al hablar de las emociones nos encontramos con todo un mundo. Te invito a reflexionar sobre cómo te sientes en el día a día y si logras detectar qué emociones aparecen, y cómo las estas abordando. Es muy probable que partir con este simple ejercicio pueda ayudarte a conocerte más.