El poder trabajar en lo que te gusta, en un lugar que permita sentirte bien con un ambiente laboral favorable, donde hayan posibilidades de crecer pero también donde exista una validación de lo que ya haces, es una situación que a veces parece difícil de lograr.
En muchas ocasiones, dependiendo de la profesión o especialidad de cada profesional, las ofertas pueden parecer escasas, pero sobre todo difíciles de precisar de cómo resultarán en el futuro: ¿Se cumplirá ahí todo lo que necesito? ¿Valorarán lo que hago? ¿Cómo serán mis compañeros/as de trabajo?
Éstas y muchas preguntas, me parece que son necesarias de ser planteadas. Pero no sólo al inicio cuando nos encontramos buscando un trabajo, sino que como parte de un proceso constante de reflexión, donde no sólo es válido sino que vital poder estar consciente y atenta/o a lo que vamos sintiendo y viendo mientras estamos pasando por distintos momentos de la búsqueda de un cargo ideal, sino posteriormente cuando ya nos encontramos trabajando.
Las generaciones que nos anteceden se caracterizan por una mirada en general más funcional del trabajo que podríamos sintetizarla con la frase: “el trabajo tiene la función de darnos el dinero para proveer”.
Y esta premisa, desde lo que he visto, me parece que ha ido cambiando, ahora el trabajo también suele cumplir otras funciones; puede ser un espacio para desarrollarse, un lugar de identidad (me identifico con lo que hago), o una forma de hacer sentido (trabajo en algo, lugar o equipo que se asocia a mis valores) o bien una instancia donde me puedo encontrar con personas que me aportan y con quienes puedo construir y desarrollar ideas de temas que me interesan. Puede ser incluso todas las anteriores. Y cuando el panorama no se ve bien, ninguna de ellas.
Para llegar a estar en un lugar que nos sintamos bien, me parece que hay que partir por una claridad propia, claridad sobre todo de la propia valía y de lo que me gusta o no, de mis capacidades y aspectos por mejorar.
También de poder ver cada paso de un proceso de búsqueda de trabajo como oportunidades para observar y evaluar profundamente la propuesta laboral desde todas sus aristas, por ejemplo: si ves que una institución está ofreciendo un cargo, poder informarse de cómo es esa institución, si ha participado de acreditaciones en temas como clima laboral a nivel nacional o internacional, si puedo hablar con una persona que trabaje ahí para que me cuente cómo ha sido su experiencia y la vez hablar con alguien que se fue de ese lugar para que me detalle cómo fue su estadía en ese cargo e institución, como también como responde esa institución ante una desvinculación.
Otro ejemplo puede ser la actitud a adoptar ante una entrevista laboral, pudiendo ser de gran ayuda considerar que no sólo me están entrevistando a mí, también yo estoy entrevistando: es necesario indagar, hacer preguntas y por qué no propuestas sobre el rol que desempeñaré, como será mi equipo de trabajo, qué esperan de mí y cómo piensan evaluarlo, qué espacios de autocuidado existen, qué tipo de liderazgo tiene mi jefatura, por dar algunas nociones.
No sólo es relevante que el posible empleador sepa de nosotros, también es crucial poder conocer bien dónde pensamos dedicar gran parte de nuestra jornada, de nuestra energía física y emocional, de nuestra vida.
En la consulta veo a muchos pacientes que por salir de la ansiedad que puede provocar la búsqueda de trabajo, evitan detenerse y evaluar conscientemente cómo se sienten ante la propuesta que están recibiendo.
Detengámonos, concentrémonos, evaluemos y ahí decidamos. ¿O no?